En la obra Un viajero de diez años de José Rosas representa una de las descripciones
literarias más tempranas en las que aparece mencionado Cuautitlán dentro del contexto del
México independiente. Más allá de su intención didáctica, el libro conserva un valor histórico
y testimonial, pues retrata con sencillez la vida cotidiana, las rutas y los paisajes que
conectaban la capital con los pueblos del norte a finales del siglo XIX. Por ello, su lectura
resulta fundamental para comprender cómo se percibía a Cuautitlán en una época de
tránsito entre lo rural y lo moderno, cuando el ferrocarril comenzaba a cambiar la geografía
física y humana del país.
En este libro decimonónico, el autor José Rosas narra un viaje educativo por el centro de
México emprendido por el comerciante don Juan Santiesteban y sus dos hijos, Carlos y
Luis. La obra, de tono moral y patriótico, combina el relato de viaje con el deseo de instruir a
los jóvenes lectores en historia, geografía, civismo y virtudes familiares.
El siguiente fragmento une dos momentos memorables: la primera visión del ferrocarril
—símbolo del progreso moderno— y la llegada a Cuautitlán, una localidad antigua y
laboriosa descrita con mirada curiosa y didáctica.
En el siglo XIX, Cuautitlán ocupaba un lugar estratégico como zona de paso entre la Ciudad
de México y las rutas del norte, enlazando el Valle de México con los caminos hacia
Querétaro, Michoacán y el Bajío. Desde tiempos prehispánicos había sido un importante
señorío acolhua y, tras la Conquista, un punto de tránsito obligado para comerciantes,
viajeros y ejércitos. Su cercanía con la capital lo convirtió en un centro agrícola y artesanal
fundamental, especialmente en la producción de alfarería y granos.
La descripción que hace Rosas en 1881 muestra un pueblo en plena transformación, donde
el paisaje rural, las diligencias y el idioma náhuatl aún convivían con el inminente avance del
ferrocarril y el nuevo México industrial. Cuautitlán aparece así como un símbolo del país en
transición, entre la herencia indígena y el impulso modernizador del siglo XIX: un umbral
entre el pasado y el futuro.
El primer fragmento, es perteneciente al Capítulo III (“De México a Guadalupe. El
ferrocarril. Despedida”)
El ferrocarril
El tren que regresaba de la Villa iba avanzando rápido, imponente, majestuoso,
deslizándose a lo lejos entre los árboles y retratando su imagen fugitiva en el agua que
rodeaba el camino. En su vertiginosa carrera obedecía dócil al impulso de la brillante
máquina que lo guiaba, y que parecía volar a través de los campos, rodeada de llamas,
llena de agua hirviendo, arrojando a la atmósfera bocanadas de humo y vapor negro,
rugiendo impetuosa y traduciendo en su silbido extraño la última palabra de nuestra
civilización.
Un momento después estaba frente al carruaje. Los pequeños viajeros pudieron contemplar
el más sublime de los espectáculos. La asombrosa velocidad de aquella especie de
monstruo que volaba sin alas les deslumbró la vista y la imaginación; oyeron temerosos el
crujir de las ruedas, que parecían morder los rieles; el huracán de chispas que se
desprendía de la chimenea llegó hasta ellos; percibieron la respiración de las válvulas y
sintieron el estremecimiento del camino que temblaba bajo el enorme peso de aquella mole.
En la grupa del monstruo se veía al maquinista, especie de cíclope ennegrecido por el
humo, que sonreía satisfecho y que precipitaba el tren o lo detenía, como pudiera hacerlo
con el más noble de los corceles.
—He aquí —dijo don Juan, extendiendo la mano—, la verdadera majestad del hombre. Él,
inspirado por la ciencia, ha convertido el aliento del fuego en alas para enseñorearse del
mundo, haciendo desaparecer las distancias.
La más grande de las maravillas de este siglo es el vapor, transformado en siervo humilde
del rey de la creación. Y donde el vapor debe admirarse, es en el ferrocarril. Dando
movimiento a una fábrica, este poderoso agente me admira, pero me parece que no tiene
libertad, que está oprimido, que es el caballo encadenado que da vueltas a las ruedas de un
molino. En el ferrocarril me entusiasma, me electriza; en el ferrocarril es el corcel fogoso,
impaciente, lleno de brío, altivo, independiente, que corre por los campos y por los bosques,
que cruza la montaña, que atraviesa el río, y que desciende presuroso al abismo para
ascender de nuevo y lanzarse impetuoso, como el viento en la llanura.
—¿Y hay muchos ferrocarriles, papá? —preguntó Luis.
—La mayor parte de los países de Europa y los Estados Unidos están cruzados, en todas
direcciones, por estas utilísimas vías de comunicación. En nuestra patria no hay todavía
más líneas férreas que las de México a Guadalupe; la de México a Tacubaya, Mixcoac, San
Ángel y Tlalpan; la de México a Puebla; la de Veracruz, que pronto estará terminada; y la de
Toluca y Cuautitlán, en construcción. Hay, sin embargo, diversos proyectos, de realización
más o menos fácil, para establecer ferrocarriles en toda la República.
—¡Qué bueno que pudiéramos ir a Querétaro en el tren! —exclamó Luis.
—Yo creo que dentro de algunos años, si tenemos paz, verás realizado tu deseo —contestó
don Juan.
El segundo fragmento, es del Capítulo IV (“De Cuautitlán a Tepeji del Río”).
Cuautitlán
A las seis de la tarde llegaron a Cuautitlán.
—El nombre de esta pequeña población —dijo Don Juan— trae al alma del viajero mil
tristes pensamientos. Antes de la Conquista fue capital de un poderoso reino, del cual no
quedan ya ni los escombros.
—¿Qué distancia hay de Cuautitlán a México, papá? —preguntó Carlos.
—Siete leguas —respondió el padre.
—¡Qué lejos está mi mamá! —exclamó Luis, suspirando.
Don Juan sonrió y guardó silencio.
—Si camináramos así todos los días, ¿llegaríamos al fin del mundo, papá?
—Ya te he dicho que la Tierra es redonda —contestó Don Juan—. Daríamos la vuelta al
mundo y, después de algún tiempo, regresaríamos al punto de donde salimos. Muchos
navegantes lo han hecho ya, y sus relatos lo prueban.
—Vamos a ver la población —pidió Carlos.
—Como quieras, hijo mío; aunque ciertamente Cuautitlán no tiene mucho que admirar.
—¿A qué Estado pertenece este pueblo?
—Al Estado de México. Es cabecera del partido y municipalidad de su nombre, y tiene
alrededor de dos mil cien habitantes.
—Vi un río al llegar —dijo Carlos.
—Muy bien observado —respondió el padre—. El río de Cuautitlán nace en Agua Nueva,
en los cerros de Montealto. Corre de poniente a oriente, pasa por haciendas y pueblos,
luego se inclina al norte y llega al desagüe de Huehuetoca. Después desemboca en el río
de Tula.
—Me dijeron que hay varios templos, escuela, correos, mesones, fondas y tiendas
—comentó Carlos.
—Y una línea de diligencias que viaja diariamente a México —agregó Don Juan.
—Yo vi un periódico que se publicaba aquí —añadió Carlos.
—Podrá tener lo que quieras —intervino Luis—, pero no me gusta.
—No debes comparar —respondió el padre—. No estamos en París ni Londres; estamos
en Cuautitlán.
—Pero podría ser mejor —contestó el niño.
—Pronto el ferrocarril lo transformará maravillosamente.
—Papá, ¿qué significa aquella cruz del cementerio?
—Es la reliquia más antigua de Cuautitlán, labrada en 1525, cuatro años después de la
caída de México-Tenochtitlán.
—Mira, papá, aquellos indios hablan mexicano. ¡Qué caras tan oscuras! —dijo Luis.
—La principal industria de los habitantes es la alfarería —respondió Don Juan—. Sus
piezas se venden con aprecio en México y los pueblos vecinos.
Llegaron al mesón donde se hospedaban.
—Vamos a cenar, papá —dijo Luis.
—Parece que el susto del camino no te quitó el apetito —respondió Don Juan, sonriendo.
Después de cenar, salieron nuevamente a caminar.
La noche estaba limpia y serena; ninguna nube empañaba el cielo azul, y la luna llena
brillaba esplendorosa.
—¡Qué noche tan bonita! —dijo Luis.
—Admira, hijo mío, en la grandeza del cielo, la obra del creador del Universo.
—¿Y el cielo también es redondo?
—Lo que llamamos cielo es el espacio infinito que, a nuestra vista, parece una inmensa
bóveda.
Notas históricas:
● En 1881, el ferrocarril hacia Toluca y Cuautitlán se encontraba en construcción,
como se menciona en el capítulo III del libro.
● La estación de Cuautitlán integra la línea México–Querétaro.
● El ferrocarril permitió la conexión directa con la capital, impulsando el comercio de
alfarería, granos y productos locales.
● Su llegada marcó el inicio de una nueva etapa urbana e industrial para la región,
desplazando gradualmente las diligencias y transformando la movilidad y el paisaje.
● Cuautitlán fue cabecera de un señorío prehispánico de gran relevancia en el valle.
● “Partido” era una antigua división administrativa anterior al municipio moderno.
● El río Cuautitlán era vital para la agricultura y el tránsito regional.
● El náhuatl aún se hablaba cotidianamente en Cuautitlán en el siglo XIX.
● La cruz de 1525 en el panteón es uno de los símbolos más antiguos del municipio.
Es probable que se refiera a la cruz atrial del Parque Wenceslao Labra (“Parque de
la Cruz”), aunque en la parte inferior trasera aparece una leyenda en latín que indica
haber sido concluida en agosto de 1555.
● La llegada del ferrocarril transformaría la economía y la vida cotidiana poco después.
Fuente: Rosas Moreno, José. Un viajero de diez años. México: J. Buxó y Cía., 1881.
Transcripción, modernización y notas:
Eduardo Salvatori — Cronista Municipal de Cuautitlán








